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Mario Draghi, el “perfil alto” de la conservación

de Alberto De Nicola

Con el encargo oficial de Mario Draghi para formar gobierno en Italia se culmina un proceso ampliamente preparado por ciertos sectores del poder en Italia. Se trata de un movimiento en línea con la mejor tradición de las clases dirigentes italianas que pretende evitar, en un momento de gran incerteza, que emerjan imprevistas demandas sociales sobre el uso del gasto público, precisamente cuando estamos a las puertas del reparto de nuevos fondos europeos anticrisis.

de Alberto De Nicola
Publicado en italiano en DinamoPress el 4 de febrero de 2021
Traducción inédita

Los hechos son conocidos, igual que era, en el fondo, previsible desde el principio el resultado de esta crisis de gobierno. Dejando de lado las declaraciones instrumentales sobre puntos programáticos “irrenunciables” que ahora han desaparecido mágicamente, la táctica de Renzi [iniciador de la crisis con la dimisión de las dos ministras de su grupo parlamentario, Italia Viva, N. del T.], preparada y apoyada de facto por los principales periódicos italianos, ha alcanzado con éxito el único objetivo que se había fijado, es decir, hacer añicos el eje formado por Partido Democrático, Movimiento 5 Estrellas y Libres e Iguales [lo más a la izquierda en el parlamento italiano, N. del T.] y desplazar de nuevo la geometría del gobierno hacia coordinadas centristas.

Si finalmente obtiene la confianza del Parlamento con un consenso generalizado, el gobierno capitaneado por Mario Draghi será el único en el contexto europeo con esas características.

Y si bien el escenario que se abre ante nuestros ojos parece seguir el guion de una película ya vista antes –cuando solo 10 años atrás otro Mario aparecía para resolver otra crisis con la repetición de un gobierno técnico e institucional–, el nombramiento del exgobernador del BCE se inscribe objetivamente en un contexto completamente distinto. Y esto no es así solo porque Draghi sea un político más inteligente y ambicioso que Monti, sino sobre todo porque el potencial encargo que recibirá del Parlamento se colocará temporalmente tras el desconcierto social producido por la pandemia y el giro en la gobernanza neoliberal europea.

Esta última reorientación de las políticas monetarias y fiscales europeas fue anunciado precisamente por Draghi en un famoso artículo publicado en el Financial Times en marzo de 2020, en los albores de la primera oleada pandémica. En aquella intervención, Draghi exhortaba a un «cambio de mentalidad, similar al que se produce en tiempos de guerra», y sugería la necesidad de conjugar las políticas monetarias expansivas (introducidas por él mismo cuando dirigía el BCE) con políticas fiscales igualmente expansivas.

Las medidas extraordinarias adoptadas sucesivamente por la Unión Europea –con la aprobación de los Fondos de Recuperación europeos y del paquete NextGeneration EU– han seguido aquellas indicaciones.

Es decir, que la actual y enésima solución técnico-institucional tendrá objetivos y usará cartas de juego completamente diferentes respecto al 2011, cuando se intentó implementar un programa político marcado únicamente por la reducción del gasto y la deuda públicos. En esta ocasión, el “perfil alto” que representa Mario Draghi tendrá que equilibrar intervenciones de aumento y de reducción del gasto, modificando su dirección y su función con intervenciones selectivas, y con el objetivo general de reconstituir las posibilidades de un mercado capitalista y laboral desgarrado por la recesión actual y futura. Deberá además proyectar de nuevo el funcionamiento general de un sistema institucional y social que sí, sigue centrado en la forma-empresa, pero que ha sufrido en los últimos meses una inédita y desmedida destrucción de capital social y humano.

Pero no es solo el contexto macroeconómico el que marca una distancia sideral con el 2011, sino sobre todo la pandemia como “hecho social total”. La experiencia pandémica ha desencadenado procesos cuyos resultados nos son aún difíciles de descifrar. Este evento ha desnudado la estructura de las desigualdades en las que se basa nuestra sociedad, habiéndose distribuido de forma desigual los “males” (tanto sanitarios como económicos). En segundo lugar, la pandemia ha desencadenado una crisis de gobernabilidad a todos los niveles institucionales. Y la incapacidad de gestionar la emergencia sanitaria en el corto y medio plazo ha evidenciado a su vez los nefastos resultados de cuarenta años de políticas neoliberales, que han debilitado los sistemas sanitarios, educativos y sociales hasta el punto de no disponer éstos actualmente de recursos y herramientas para proteger a la población. La duplicación en Italia del número de fallecidos en la segunda oleada respecto a la primera (tendencia similar a la de otros países europeos) es la demostración más dramática y evidente del fracaso de las medidas de contención del virus.

El conjunto de esos efectos ha generado en la opinión pública expectativas generalizadas de cambio, ampliando el margen de un posible consenso respecto a políticas de redistribución de la riqueza, de replanteamiento del “público” en dirección de una democratización radical y de un desarrollo de las instituciones del Estado del bienestar y de los cuidados como bases fundamentales del vivir común, más allá de las desastrosas lógicas de la gestión neoliberal.

La principal debilidad del gobierno encabezado por el dimitido Giuseppe Conte ha sido no haber percibido ni siquiera lejanamente ese tipo de instancias. Se ha limitado, en el vértigo de la urgencia, a intervenciones de contención de la crisis, con medidas de apoyo temporales y fragmentarias, capaces solo de “coger tiempo” sin aprovechar los nuevos márgenes de presupuesto para reorganizar el sistema de protección social.

Y, aun así, esos tímidos movimientos han bastado para movilizar a los grupos de poder italianos –desde Confindustria [la poderosa patronal industrial italiana, N. del T.] hasta los grandes periódicos– con el objetivo de evitar la potencial amenaza que representaría un debate público infectado por el lenguaje del cambio. Y así, Matteo Renzi se ha hecho intérprete de esas instancias conservadoras, presentándose públicamente como candidato a representarlas.

Con el cierre de la crisis de gobierno y el encargo a Mario Draghi de sustituir a Giuseppe Conte con un nuevo Ejecutivo, se cumple un proceso largamente esperado e invocado. Y hay que interpretar ese proceso cómo lo que es. Detrás de la sustitución temporal del parlamento por un comisario único existe un intento de recomponer el bloque de poder de la clase dirigente que, desde las finanzas hasta los grandes grupos editoriales, pasando por las grandes empresas, es enormemente vasto en Italia, además de enraizado, transversal y, sobre todo, carente de cualquier tipo de oposición significativa.

Si finalmente se cierra la partida con el nombre de Draghi como presidente del gobierno, ese bloque se confirmará como principal operador político y podrá satisfacer su mal disimulada aspiración de ser autónomo respecto a la sociedad y a los juegos de la representación parlamentaria. Y si bien es verdad que en todos los países existen instintos conservadores que reaccionan a cualquier empuje progresista, resulta realmente especial en Italia la costumbre de las clases dirigentes de movilizarse preventivamente, con espíritu combativo y de forma convergente, incluso en ausencia de cualquier tipo de movimiento político que amenace concretamente la estabilidad del sistema político y económico. Esa vieja tradición enraizada en nuestra historia institucional es la misma que empujó a Antonio Gramsci a ver en Italia un laboratorio permanente para las revoluciones pasivas.

Independientemente de las diferencias de contenido de un posible gobierno encabezado por Draghi, el único elemento de auténtica continuidad lo representará esa motivación para sustraer tanto del debate público como de la contienda política las alternativas posibles respecto a cuestiones de vital importancia como lo son el papel del Estado, la dirección del gasto y la función de la cosa pública.

A pesar de saber perfectamente que no existen gobiernos “técnicos”, interpretamos el sentido profundo del nombramiento de Draghi como una estabilización conservadora del sistema nacional más en peligro de Europa, aunque bajo la promesa de una gran despolitización de la acción de gobierno. En esto no subyace solo la necesidad de poner a salvo el reparto de los recursos movilizados por los programas europeos entre los diferentes grupos de poder, sino más bien la exigencia de evitar que, en un momento de gran incerteza, emerjan imprevistas demandas sociales sobre el uso del gasto público. El eje Partido Democrático-Movimiento 5 Estrellas- Libres e Iguales era demasiado vulnerable bajo la perspectiva de posibles presiones en ese sentido.

Así, el movimiento anticipado ha servido para cerrar el campo de juego, por lo que ahora se trata de entender cómo reabrirlo, aunque sin olvidar que intentar recorrer caminos ya andados, cuando casi todo ha cambiado, nos llevaría directamente a un callejón sin salida.

Lo que sí sabemos es que los intentos de estabilización política no coinciden necesariamente con la pacificación social. Los incalculables efectos de la recesión económica y de la crisis de empleo no se han desplegado aún totalmente, y el espacio que separa las expectativas sobre el plan de “reconstrucción” y su realización y operatividad serán de todo menos un paseo para sus ejecutores. Entre el plan y la realidad futura existe una distancia que ninguna figura política, por muy grande que sea su reputación, podrá invisibilizar fácilmente.

Aun siendo embrionarias y fragmentarias, las dinámicas de politización de la sociedad italiana a las que hemos asistido en los últimos tiempos habrán de colocarse dentro de ese espacio. Y lo que está claro es que el futuro próximo será una película totalmente distinta.

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