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Crisis del SARS-CoV-2 Historia Pensamiento

Coronavirus y teorías de la conspiración

Análisis de las conspiranoias como elementos reaccionarios de la actual crisis.

de Wu Ming 1
Publicado en italiano en Giap el 21/05/2020
Traducción parcial inédita

Desde que, en febrero de 2020, en Italia y más tarde en el resto de Europa y Occidente, empezara la crisis del Coronavirus, cada vez más personas, sometidas a un auténtico bombardeo mediático, han concluido que los medios de comunicación dominantes no son fiables. La narración predominante de lo que está ocurriendo ha sido juzgada como incongruente, instrumental, capciosa, orgánica a poderes constituidos y élites económicas, no solo herméticas, sino también responsables del estado en el que la pandemia ha encontrado nuestros sistemas socioeconómicos.

Para los movimientos anticapitalistas, esa insatisfacción generalizada –y fundada– respecto al establishment político-mediático ha representado en gran parte una ocasión perdida. Por varios motivos que no son objeto de este artículo, no han sido esos movimientos, no hemos sido nosotros, los que la han aprovechado.

Con mayor frecuencia la ha aprovechado el conspiracionismo: el virus ha sido producido en un laboratorio y difundido intencionadamente por China, o por Rusia, o por Soros, o por Bill Gates. Este último maniobra la OMS a placer para «controlar el mundo con las vacunas». O igual no, y el virus se ha difundido por culpa del 5G. O quizás la pandemia ha sido una creación de un lobby satánico que en Estados Unidos controla el «Estado profundo». Etcétera, etcétera.

Los complots existen, pero el capitalismo no es un complot
Lo hemos escrito muchas veces: el conspiracionismo resulta un grave problema para quienes pretenden criticar el capitalismo eficazmente a través de razonamientos. El «estilo paranoico» del conspiracionismo es un potente dispositivo retórico que encanala la rabia social y las energías para un potencial cambio hacia narraciones diversivas e intrínsecamente reaccionarias, focalizadas en chivos expiatorios.

Una cosa es decir que la crisis del Coronavirus ha sido gestionada con instrumentos perfeccionados por el capitalismo: la crisis llega tras cuarenta años de políticas y governance neoliberales, expandiendo algunas de éstas, agravando sus consecuencias, haciendo pagarlo todo a quienes ya pagaban, y los medios de comunicación –por cómo funcionan, por los intereses que representan, por los grupos propietarios que ajustan su orientación– imponen narraciones que hacen parecer todo eso “natural”. «Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, esto es, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas» (Marx y Engels, La ideología alemana).

Otra cosa muy distinta es imaginar que esta crisis ha sido programada con antelación, que sea la ejecución de un Plan. Algunos poderosos se habrían sentado en torno a una mesa con mucha antelación y habrían dicho: «Inventemos una pandemia» o «para usar esta pandemia haremos X, Y y Z». De aquí habría salido un Plan coherentísimo, con todo ya previsto, inexorable y perfectamente ejecutado por los poderes constituidos.

Para dar más crédito a esta visión, algunos dicen que «esta pandemia estaba ya prevista». Se trata de la estratagema número 1 descrita por Arthur Schopenhauer en su libro Dialéctica herística o El arte de tener razón, expuesta en 38 estratagemas: «La afirmación (…) se lleva más allá de sus límites naturales, se la interpreta de la manera más general posible, tomándola en su sentido más amplio y exagerándola».

Es cierto, las personas que trabajan en el ámbito epidemiológico sabían que antes o después se habría desencadenado una nueva pandemia. Por ejemplo, «Animal Infections and The Next Human Pandemic» [Infecciones animales y la próxima pandemia humana] es el subtítulo original del libro Spillover de David Quammen, publicado en 2012. No obstante, nadie podía conocer a priori la morfología del virus, la etiología del COVID-19, las rutas exactas del contagio y el calendario de su difusión.

Narraciones de este tipo describen el capitalismo de forma caricatural, como un sistema que depende en gran parte de la voluntad de los miembros de una casta; pero el capitalismo no es así, se trata de un modo de producción que tiene sus lógicas de fondo, sus automatismos y sus mecanismos objetivos. No se ha impuesto por ningún tipo de conjura, sino tras una evolución histórica que ha durado varios siglos, y funciona sin que la clase dominante deba o pueda prever y orquestarlo todo.

Que existan estrategias capitalistas resulta obvio, y que algunos complots y conspiraciones, incluso de grandes dimensiones, hayan existido y existan es un hecho. Algunos de los ejemplos más conocidos son: la estrategia de la tensión, el complot de Nixon que llevó al Watergate, las tramas de la P2 [“Propaganda 2”, logia masónica italiana que operó desde 1877 hasta 1981, N. del T.] e, incluso –tema del que se han ocupado desde perspectivas distintas Umberto Eco y Carlo Ginzburg– un complot para hacer creer que existía un Gran Complot, la fabricación de los Protocolos de los Sabios de Sión por parte de la Ojrana, la policía secreta zarista. En el fondo, la existencia de servicios de inteligencia estatales no es sino una institucionalización de la conspiración.

Bien mirado, un complot es algo muy simple: existe uno cada vez que varias personas se ponen de acuerdo para perseguir un interés común en detrimento de otras personas, y sin que estas últimas lo sepan.

Por tanto, no se trata de negar la existencia de los complots o las conspiraciones, sería absurdo. Se trata de entender cómo desactivar el conspiracionismo, una forma de pensar que no solo ve la lógica del complot en acción en cualquier ámbito, sino que pone una Gran Conspiración en el centro del funcionamiento del sistema, exagerando el rol de la voluntad en la historia –una Voluntad que todo lo ve y todo lo consigue– e imaginando cábalas o supercastas prácticamente omnipotentes.

Dos falacias lógicas a las que recurre el conspiracionista
Las más de las veces, a quien critica el enfoque conspiracionista se le responde de dos formas distintas. La primera es: «¡Estás con el poder, que se ha inventado la acusación de “conspiracionismo” y la usa contra quien lo critica!»

Como corolario de esta afirmación, a menudo se oye decir que la expresión «conspiracy theory» la inventó la CIA en los años 60. Se trata de una leyenda urbana. Como explica este artículo, el primer uso conocido –ya con una connotación negativa– de la expresión «conspiracy theory» se remonta a 1870.

El conspiracionismo no es un invento de sus presuntos adversarios, sino una mentalidad, un conjunto de retóricas y falacias que existe desde hace siglos, desde mucho antes que la CIA. Por poner solo un ejemplo, en 1569, los servicios secretos de la Serenísima República de Venecia –y aún antes la opinión popular– atribuyeron a un complot del judío José Nasi el incendio del Arsenal de Venecia, historia que contamos en nuestro libro Altai.

Casi todas las teorías de la conspiración modernas provienen de un periodo que va desde finales del siglo XVIII a principios del siglo XIX. El complot de los Illuminati de Baviera, el de la masonería, el de los judíos, etcétera, son teorías nacidas como reacción a la Ilustración y, sobre todo, a la Revolución Francesa, para describir ésta última como una mera conjura. Por ejemplo, el abad Augustin Barruel (1741-1820) enunció diversas teorías sobre la Revolución Francesa como resultado de una conspiración masónica, las cuales tuvieron una gran y exitosa difusión, contribuyendo a crear la leyenda del «complot judeo-masónico» e influenciando todo el pensamiento reaccionario futuro. Los lugares comunes del conspiracionismo se remontan a esa fase histórica, desde entonces hemos tenido prácticamente solo simples recombinaciones.

El hecho de que alguien defina como «conspiracionista» o «teoría de la conspiración» cualquier análisis incómodo no demuestra de ninguna forma que la acusación sea siempre falsa, ni que no existan la realidad y la mentalidad que esos términos indican. Demuestra solo que se tiende a abusar de esos términos y, como mucho, confirma que el conspiracionismo da buenos pretextos a quienes pretende disminuir o denigrar el pensamiento crítico.

En especial, el conspiracionismo enturbia las aguas para cualquier persona que quiera denunciar complots reales. Como escribe Enrico Voccia en la revista Umanità Nuova:

«denunciar complots de forma impulsiva produce el efecto opuesto […] desacredita –a los ojos de la mayoría– el intento de defenderse de los complots reales. Imaginad cuánto se habría tomado en serio la campaña de contrainformación [sobre la masacre de Piazza Fontana] si ésta hubiese quedado eclipsada por el ruido de quienes afirmaban que las nacientes Brigadas Rojas estaban formadas por extraterrestres en complot con el Mossad, de otros que afirmaban que Zapata había sobrevivido al intento de homicidio y que se había convertido en agente de la CIA, etcétera, etcétera.»

La otra respuesta típica es: «¡No puedes demostrar que no exista un Plan!».

En cualquier ámbito discursivo donde sea válida la argumentación lógica –Derecho, Historiografía, Ciencias Sociales, Ciencias “duras”– la carga de la prueba recae siempre sobre quien realiza una afirmación. El hecho de que un conspiracionista pida que se demuestre que no existe un plan –argumentum ad ignorantiam o “llamada a la ignorancia”– demuestra que el conspiracionismo no forma parte de esos ámbitos. Es quien piensa que existe un Plan quien debería demostrarlo presentando pruebas. Y por «pruebas» no queremos decir simples sospechas, conexiones inventadas, etc. No son suficientes.

A nosotros, hasta prueba contraria, nos es suficiente la lógica de fondo del sistema capitalista, cuyo devastador funcionamiento se halla a la vista de cualquiera que no se niegue a verlo.

Capitalismo y pandemia
Existen dinámicas de la economía capitalista cuyas responsabilidades respecto a las grandes epidemias de las últimas décadas han sido comprobadas desde hace tiempo. Ya en febrero, en el Diario viral, escribíamos:

«La gripe aviar, el SRAG, la gripe porcina y la enfermedad de las vacas locas emergieron de los círculos del infierno de la industria zootécnica planetaria o, lo que es lo mismo, de la ganadería intensiva, como resultado del tratamiento y, sobre todo, de la alimentación que se les había dado a los animales. El Ébola, el zika y el West Nile habían entrado en contacto con los seres humanos por culpa de la deforestación masiva y por la destrucción de los ecosistemas

La deforestación es un producto del acaparamiento de tierras o land grabbing, y es un paso previo a futuras extensiones del negocio agroalimentario que reforzarán la industria zootécnica. Un tercio de la producción mundial de cerales se destina a la alimentación de ganado bovino. Este proceso ha creado las condiciones ideales para todos los últimos spillovers o «saltos de especie». Una referencia importante es el libro Big farms make big flu [Las grandes granjas producen grandes gripes] del biólogo Rob Wallace, al cual, no por nada, lo cita el colectivo chino Chuang en su densísimo ensayo-investigación Social Contagion: Microbiological Class War in China [Contagio social: lucha de clases microbiológica en China].

Tras haber facilitado el «salto de especie», otras dinámicas de la economía capitalista, relacionadas con la globalización y con la extensión de las metrópolis y megalópolis, han creado las condiciones ideales para una rápida difusión del contagio, generándose así una pandemia mundial.

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