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Migraciones Violencia de Estado

La política exterior reservada a los ministros del Interior

de Marco Bascetta

Nacionalismos. Racismo y xenofobia en Europa, contra migrantes y gitanos, alimentados por fuerzas marginales que los utilizan para aumentar el consenso y mantener el poder.

de Marco Bascetta
Publicado en italiano en Il Manifesto el 24/06/2018
Traducción publicada en El Salto

En medio de una sucesión de fenómenos de barbarización, Europa se pone en marcha para la cumbre del 28 de junio [fecha del próximo Consejo Europeo, que se ocupará «de la migración, de la seguridad y la defensa, y de los asuntos económicos y financieros», N. del T.]. Basta hablar con alguien al azar para hacerse una idea de lo ponzoñoso que se ha vuelto el aire en el Viejo Continente. El ministro de Justicia británico propone enfrentar el éxodo post-Brexit de los trabajadores comunitarios sustituyéndolos con presos nacionales. Dinamarca, que desde hace tiempo está en la vanguardia en cuanto a vejaciones a migrantes se refiere, se dispone a prohibir la práctica de la circuncisión.

Austria transforma la angustiosa atmósfera del Desierto de los Tártaros en una carnavalada: pomposos ejercicios militares en la frontera para rechazar una imaginaria invasión de migrantes. El ministro del Interior alemán, Horst Seehofer (CSU), durante la campaña electoral en su Baviera natal, impone de facto a Angela Merkel el blindaje de las fronteras alemanas, y de ese «techo» para los solicitantes de asilo que la Cancillería ha considerado siempre incompatible con la naturaleza y los valores de la Bundesrepublik.

Salvini cierra los puertos y abre la boca para proferir repetidamente amenazas y obscenidades. Todos se esfuerzan en volver lo más nauseabundo posible el ambiente de los migrantes. Uno de los efectos perversos del nacionalismo creciente en buena parte de Europa es, precisamente, que los ministros del Interior pasen a encargarse de la política exterior. Éstos monopolizan el debate sobre los Tratados, negocian con países extraeuropeos (Libia y Turquía en primer lugar), condicionan las relaciones entre países europeos, fragmentándolos en presuntos ejes o alianzas, e imponen sus propias fantasías geopolíticas.

Se trata de una consecuencia directa del «primado» conferido al interés nacional, entendido sobre todo como pantalla o protección ante la comunidad política supranacional, y de los «otros» en general. Tratándose además de ministros que controlan las fuerzas del orden, el tufillo a policía es bastante intenso. La idea nacional es quizás el más clásico de los universalismos a los que se les da la vuelta para transformarlos en su contrario, en este caso, el conflicto latente o declarado entre particularidades poco dispuestas a la mediación.

Además, la coalición ideológica entre nacionalismos encierra siempre la larva de la guerra.

La Unión Europea sucumbe hoy al fuego cruzado entre el nacionalismo estadounidense de Donald Trump y los «primados nacionales» que se alojan en su seno, los cuales, empezando por el Este, no se limitan al rechazo de los migrantes, sino que viajan hacia ideas de sociedad muy distintas a las que hemos conocido en la Europa occidental desde la última posguerra.

Resulta necesario concentrarse en la naturaleza de esa barbarie de efectos imprevisibles, al menos para entender en qué contexto nos encontramos. El discurso xenófobo, y aún más aquel abiertamente racista, tiene algo de indomable e incontrolable. Estos discursos los han puesto en movimiento fuerzas políticas, marginales en la mayor parte de los casos, que han visto, en la desorientación difusa generada por las transformaciones productivas y en el ataque a los salarios y a las condiciones de vida que las acompañaba, la posibilidad de canalizar el descontento en una dirección nacionalista y autoritaria que les permita conquistar una posición central.

En este tipo de contexto, los migrantes han sido clásicamente el blanco más a mano. Así, en una escalada de violencia no solo verbal, se han ido generando y alimentando diversas pulsiones xenófobas. No porque existiese detrás algún tipo de filosofía racial o alguna concepción cultural identitaria, sino porque se trataba de la vía más sencilla para adquirir consenso y poder. Este principio es aplicable a un político de larga trayectoria, ahora en decadencia, como Horst Seehofer, así como a aventureros del estilo de Salvini o su homólogo austriaco, Herbert Kickl. Tres ministros del Interior que ambicionan el control de los respectivos países, el cual ya ejercen en parte.

Pero una vez despertado el perro rabioso del racismo, hará falta seguir nutriendo su hambre inextinguible, arriesgándose a verse arrastrados con él en una cuesta abajo que incluso la derecha xenófoba preferiría no recorrer. En esa situación, la discriminación-persecución-expulsión de los migrantes se convierte en una condición ineludible del consenso. Cualquier cesión a ese respecto generaría acusaciones de traición. Así, los nuevos «caudillos» se verán obligados a incrementar su cinismo, su brutalidad, a dar soluciones expeditivas y a crear puestas en escena cada vez más grotescas. Y aún en mayor medida cuando las poblaciones nacionales verán como sus propias condiciones materiales no cambian a mejor.

Por otro lado, también la izquierda ha considerado que era necesario recuperar consensos a través de la intolerancia hacia los migrantes, si bien con tonos más hipócritas y argumentos más farragosos. Con la idea, desmentida por cualquier experiencia histórica, de que bloqueando los flujos migratorios el racismo y la xenofobia desaparecerían de forma natural y de que así, los «italianos», viéndose de nuevo en el centro de la atención y de los cuidados de su propio gobierno, mostrarían su reconocimiento. Teniendo además que autoconvencerse de que un importante momento histórico no era más que una «emergencia», que podía resolverse sentándose en una mesa con los «alcaldes del sur de Libia», como el ex-ministro del Interior del Partido democrático, Marco Minniti, definió con involuntario sentido del humor a las bandas de depredadores y contrabandistas que controlan aquellas arenas.

De todo esto solo se puede realizar una amenazadora previsión. Explicándola con una fórmula lógica, se podría decir que Europa es cada vez más rehén de los estados nacionales, de sus vetos, de la demagogia que en ellos impera. Y los estados nacionales son, a su vez, cada vez más rehenes y presos de sus derechas radicalizadas, dedicadas a imponer un «nosotros» en el cual hundir las contradicciones sociales y consolidar ese orden jerárquico que se halla en la naturaleza de cualquier nacionalismo.

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